GUANTES SUCIOS

Era yo, caminando una noche cualquiera por una ciudad desconocida. Por las calles no pasaba nadie. El golpeteo de mis pisadas remachaba la soledad. Un clamor irritante en aquel escenario sin reparto. Miré el reloj y vi que todavía no eran las once. Miré la luna: creciendo... colmándose su círculo por la incandescencia del sol, su blanco lucía desvaído, sucio, sin apenas brillo. Iba buscando un sitio en el que comer algo.

Llevaba sin tomar nada sólido desde el desayuno. El viaje en tren había sido una pesadez. Algo casi eterno. Al conductor del taxi que cogí en la estación: un gordo coloradote, barbilampiño, hablar parecía costarle un esfuerzo ímprobo. Su rostro de perfil -tal y como yo lo veía- era parecido al de un bebé rollizo a punto de entrar en la treintena. Me contestó que cenase en el hotel cuando le pregunté por algún restaurante.

Yo era alguien que había ido hasta esa ciudad por una cuestión de créditos y moratorias. De declaraciones juradas. Pero a esas horas, y con esa luna, los que me estuvieran viendo avanzar celérico entre la soledad, sin nadie al lado, podrían imaginar de mí que era un maleante, un adúltero con prisas o un pobre diablo al que el alcohol era ya el único amigo que le quedaba. Aunque lo más probable es que no llegaran a pensar nada de eso, sino que sus miradas fuesen tan sólo un gesto impremeditado entre un anuncio y el siguiente de los que se emiten por la televisión.

Me fijé -al salir a una plaza- en la luz amarilla de las farolas, en una torre de piedra que alojaba un reloj en lo alto, en los murciélagos, desflecando el aire como aviones sincopados... para comer, para comunicarse. Aceleré el paso: quería evitar que me aturdieran los once tañidos de las once. Crucé un paseo, esquivando a algunos coches desperdigados, y llegué hasta un parque.

No había visto a nadie desde que salí del hotel.

Mi siguiente zancada invadió la sombra de un kiosco de música dispuesto -como el as en las fichas de dominó- en medio de los parterres. Un perro sin dueño aceleró el paso, alejándose, al sentir mi olor.

Desde la oscuridad me pareció distinguir que un banco, o algo sentado encima suyo, se movía.

Desvié ligeramente mi rumbo. Tardé bastante en darme cuenta de que eran unos novios abrazados; tan fuerte, tan juntos, que casi era imposible diferenciar sus cuerpos. Sopesé si interrumpir sus caricias no sería un gesto de mal gusto; pensé, egoísta, que mi necesidad justificaría la indiscreción. Al final opté por pasar de largo y me dirigí hasta otro banco, vacío, desde el que se veía la fila de coches aparcados tras los barrotes de la valla. Había a mis pies varios tetrabriks, chafados, de vino tinto. Lo que parecía ser un guante de lana, sin su par. Y, aunque todas las ciudades me gustan cuando no vivo en ellas, me dije, categórico, que precisamente en esa, en la que me hallaba entonces, me resultaría completamente imposible encauzar mi vida.

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PARA LEER: El Mensajero (L.P. HARTLEY)

PARA ESCUCHAR: 10.000 Years (THE HONEYDOGS)